Por: Francisco Paillie
A mi amiga, la pesimista
¿Qué se puede esperar de un día que comienza con levantarse?
Morir habemos…ya lo sabemos
Frases pesimistas.
La modernidad, aunque no sepamos si sigue vigente o ya acabo, puso como centro y medida de todas las cosas al ser humano y junto con este a la razón. Esta última, se convirtió en el patrón de eliminación de creencias y supersticiones y en la creación de nuevos ideales, formas de acción y de concebir al mundo. Uno de las grandes sufrientes de esta razón es la religión y la eliminación de su valor de verdad; es decir que la modernidad logro separar los planos de la razón y los planos de la creencia, aunque aparentemente solo lo haya logrado a través del discurso y no en la práctica de los hombres.
Lo anterior genera una serie de implicaciones, y la idea en este escrito no es la de producir la idea del hombre que no cree, sino de la implicación que se genera para el hombre el reconocerse sin un dios o de reconocerse a sí mismo como un dios. Como lo diría Spinoza: “El problema del Hombre-Dios comporta la idea de una humillación inflingida al ser supremo, de un descenso del creador al nivel de la criatura, es decir, de una absorción en la pasividad más pasiva de la actividad más activa”.
La conversión del ser supremo, omnipotente, omnipresente, omnisciente (y todos los otros omni con los que reconocemos a dios o a los dioses, sin importar la religión), etc. en un ser como todos nosotros, invita a la renuncia de reconocer un único y definitivo modelo de salvación; no habrá redención, no habrá fin del mundo, no habrá reconciliación. Del reconocimiento de esta perdida del ser supremo deriva el pesimismo. Pero “quien es capaz de asumir está pérdida (ilusoria, por otra parte, pues nada podemos perder ya que en verdad nada tuvimos salvo un espejismo) sin resentimiento contra los otros ni amargura contra sí mismo, descubrirá con nuevo apego el sentido de la tierra y se gozará en él y trabajará por él” (Savater).
Claro que tendríamos que ponernos de acuerdo sobre el tipo de pesimismo al que nos referimos. Lo primero por tanto es eliminar las opciones de: pesimismo como nihilismo absoluto u ontológico, ya que si bien de este se pueden desprender pesimismos prácticos hay también, pesimismos completamente antinihilistas; pesimismo como el volver al paganismo; el pesimismo como estado de ánimo; el pesimismo como pesimismo relativo ya que este propone una apertura a hacia lo ultra histórico y lo teológico, es decir propone y fantasea soluciones más allá de la realidad en que se vive. Por tanto, el pesimismo al que se alude en este escrito, es el pesimismo absoluto en el que se considera que los ideales humanos (libertad absoluta, felicidad, justicia, paz, etc.) nunca podrán ser conseguidos, ni por un individuo específico ni por una colectividad, de modo plenamente satisfactorio; que el universo no esta organizado ni mucho menos conspirando para satisfacerle; que el dolor, el sufrimiento y la contrariedad son latentes, presentes y abrumadoramente determinantes en la existencia; y que a manera de las Leyes de Murphy es más probable que todo lo que pudiera salir mal en una situación, saldrá mal que bien y; que la muerte es la única liberación definitiva, aunque temida antes que deseada, de tantas dificultades.
Se quiere decir entonces que el pesimismo del cual hablamos es, no tanto una concepción del mundo sino más bien, una perspectiva práctica. El pesimismo es una disposición fundamentalmente referida a los propósitos y resultados de la acción humana.
Muchos, que en algunos casos como el mío, nos consideramos optimistas vemos a los pesimistas como nuestro enemigo con el cual tenemos que luchar de forma insistente frente a la realidad del mundo. Este tipo de postura, si logramos ver el pesimismo de la forma en que lo presentamos en este escrito, es una calumnia radicalizada en nuestras mentes. Solemos creer que de los pesimistas siempre oímos lo que todo el mundo sabe, que su invectiva no es más que el mismo quejido de siempre, que su inanidad espiritual no aporta nada y desencanta la novedad. Pero esto último en verdad no es así, por el contrario los auténticos pesimistas suelen proveer una, pasmosa, diversidad de matices con los cuales modular el pensamiento. “Se hace patente que la invectiva da inventiva” (Savater).
El optimista (que ya sabemos no es una negación o contradicción del pesimista, ni viceversa) propone una ilusión de futuro que a veces, aunque sea valida, puede llegar a empalagar por su condición de utopía; en cambio el pesimista, demasiado curioso y verosímil, opaco y realista no solo traen noticias, como los anteriores, sino que desmienten la trascendencia de las maravillas insólitas y utópicas a la vez que valoran hasta la alquimia la perfección estilística de su comunicado injurioso.
Por tanto podemos concluir que el pesimismo, tal como fue expuesto en esta corta nota (basado en un ensayo de Fernando Savater: El pesimismo ilustrado), nace con el racionalismo y acompaña en todo momento sus manifestaciones. Y al contrario, de la predicación apocalíptica que muchos le conjuran, este no es completamente incompatible con el afán racional de transformar el contexto y las condiciones sociales y culturales de los seres humanos. Es decir, que en la búsqueda racional el pesimismo puede ser depresivo o tonificante.
El experimento del pesimismo es justo y necesario en el proyecto de la razón ya que aporta una dimensión insustituible no solo a los planteamientos teóricos sino a la sensatez de la razón práctica.